Una segunda oportunidad: el terremoto nos recordó el verdadero valor de la vida
La mañana del lunes 10 de agosto de 2026 quedará marcada para siempre en la memoria de millones de colombianos. Un terremoto de magnitud 7,4 sacudió el occidente del país y golpeó con fuerza a Cali, el Valle del Cauca, el Chocó, Risaralda y otros departamentos, dejando una profunda huella de dolor, pérdidas humanas y destrucción.
Mientras los organismos de socorro continúan buscando sobrevivientes entre los escombros, el país entero ha sido testigo de historias que estremecen el corazón: familias enteras que perdieron la vida, personas que hoy lloran la ausencia de sus seres queridos, niños que quedaron sin hogar, mascotas desaparecidas y miles de ciudadanos que, en cuestión de minutos, lo perdieron absolutamente todo.
Pero en medio de tanto dolor también surge una pregunta inevitable:
¿Qué hacemos quienes hoy seguimos aquí?
Muchos despertamos el lunes pensando que sería un día cualquiera. Teníamos afán, preocupaciones, diferencias con alguien, discusiones pendientes, estrés por el trabajo, problemas económicos o simplemente estábamos inmersos en la rutina.
Entonces la tierra tembló.
Y durante esos interminables segundos, todo aquello dejó de importar.
No pensábamos en el dinero, ni en el trabajo, ni en las redes sociales, ni en las diferencias políticas o personales. Solo queríamos una cosa: que nuestras familias estuvieran bien. Que nuestros hijos respondieran el teléfono. Que nuestros padres estuvieran a salvo. Que todo terminara.
Fue un recordatorio tan fuerte como silencioso de que somos profundamente frágiles.
La vida puede cambiar en un instante
Vivimos convencidos de que siempre habrá un mañana.
Postergamos ese abrazo.
Aplazamos esa llamada.
Guardamos un “te quiero” para después.
Creemos que tendremos tiempo para pedir perdón, para reconciliarnos, para visitar a nuestros padres, para compartir con nuestros hijos, para disfrutar un café con un amigo.
Pero la vida no siempre avisa.
El terremoto nos recordó que todo puede cambiar en cuestión de segundos.
Una segunda oportunidad para vivir diferente
Quienes hoy conservamos la vida, nuestro hogar o simplemente podemos abrazar a quienes amamos, hemos recibido un regalo que muchas veces pasamos por alto.
No porque seamos más afortunados o mejores que quienes hoy sufren.
Simplemente porque hoy seguimos aquí.
Y eso implica una enorme responsabilidad.
Quizá esta sea una oportunidad para comenzar a vivir de otra manera.
Ser más pacientes.
Más empáticos.
Más solidarios.
Más humanos.
Respetar las normas de tránsito porque detrás de cada volante hay una familia esperando a alguien en casa.
Dejar de responder con odio cuando podemos responder con respeto.
Ayudar al vecino.
Escuchar antes de juzgar.
Perdonar más.
Criticar menos.
Valorar el tiempo, porque es el único recurso que jamás podremos recuperar.
Que el dolor de otros también nos transforme
Las tragedias suelen despertar lo mejor del ser humano.
Hemos visto rescatistas, voluntarios, vecinos y personas anónimas arriesgar su propia seguridad para ayudar a quienes lo perdieron todo.
También hemos visto cadenas de solidaridad, donaciones y miles de colombianos unidos por una sola causa: salvar vidas.
Ojalá esa solidaridad no dure únicamente mientras las cámaras están encendidas.
Ojalá permanezca cuando termine la emergencia.
Porque reconstruir edificios será posible.
Reconstruir corazones tomará mucho más tiempo.
Hoy no demos nada por sentado
Hoy vale la pena agradecer.
Agradecer por despertar.
Por tener un techo.
Por escuchar la voz de quienes amamos.
Por poder abrazar.
Por tener una nueva oportunidad.
No sabemos cuánto tiempo estaremos aquí.
Somos efímeros.
Y precisamente por eso cada día tiene un valor inmenso.
Que este terremoto no solo quede registrado como una tragedia en los libros de historia.
Que también quede grabado en nuestra conciencia como el día en que entendimos que vivir no es simplemente respirar.
Vivir es amar.
Es agradecer.
Es respetar.
Es servir.
Es abrazar más fuerte.
Es decir “te quiero” antes de que sea tarde.
Y, sobre todo, es recordar que cada amanecer es un regalo que nunca debemos dar por sentado.
“El lunes 10 de agosto de 2026, por unos segundos, la vida nos recordó algo que muchas veces olvidamos: lo efímeros que somos.”
Que nunca olvidemos esa lección.
